En la habitación a media luz, sus pies se enganchan con ganas, frotándose fuerte contra la piel suave y caliente. Los dedos se clavan juguetones en las plantas, apretando y masajeando hasta que el roce despierta un calor húmedo entre las piernas. Ese juego subido de tono provoca gemidos bajos y temblores, listo para escalar a algo más salvaje.